martes, 29 de mayo de 2012

Es a través de las imágenes del cotidiano "morir" que me encuentro en el centro de un ritual antiquismo de cuidar, de alabar, de resguardar y amar a la muerte, no propiamente la muerte como aquella que nos quita la vida, sino como esta que hace parte de un ser querido, que es el, su propia inexistencia, y aun así su presencia tan innegable, pero silenciosa.

En los largos corredores laberínticos de una necropolis a veces desierta entre semana y aveces llena de seres que rebosan de vida ante, la procesión de flores, llanto, oraciones, relatos y plegarias, que parecen un festejo formal y lúgubre, se ve impaciente y tranquila a las gentes que concurren, casi como una tradición muy sagrada a visitar "a sus muertos" , como si se fuese a visitar al pariente que vive muy lejos y que solo de ves en cuando se puede ver, llegan presurosos unos a dejarles sus flores y cambiarles sus agua, a dejarles algunas oraciones y hacer el deber cumplido, mientras otros que llegan, se quedan largas horas reviviendo historias pasadas, presentes y futuras de una vida que al otro lado no logran comprender.

Esas caras y cuerpos deambulando como muertos vivientes, entre ajenos y desaparecidos, alimentando un sentimiento cada domingo, cada año en su larga procesión de besos,  flores y llanto, me llamo la atención, hacia ese amor que a pesar del tiempo, de la distancia, y del mismo cuerpo físico, se mantiene, es eterno, inamovible, ese amor que traspasa la misma muerte y la trasgrede para dormir junto a ella, para ser su amiga y compañera, para no temerle y esperarla paciente mientras hablan de la vida que se fue y se queda.

Que es ese sentimiento que nos embarga al perder la ser amado, al hijo, al hermano, al padre, la madre, al amante, que es ver morir, y querer morir con ellos, sentir un dolor mas agudo que la misma muerte secándonos por dentro, enlutando nos por siempre, el alma, el corazón.....y el camino, cuando nos refugiamos en un recuerdo, en un nombre grabado bajo el mármol frió del encierro, y nos volvemos vida y muerte, dolor y alegría, y nos encarnamos en sus huesos y sentimos como se desvanece de la tierra lentamente y sin pena alguna, nos volvemos etéreos igual que ellos y volamos a ningún cielo o infierno, solo sublimamos ese amor eterno.

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