miércoles, 30 de mayo de 2012
martes, 29 de mayo de 2012
Es a través de las imágenes del cotidiano "morir" que me encuentro en el centro de un ritual antiquismo de cuidar, de alabar, de resguardar y amar a la muerte, no propiamente la muerte como aquella que nos quita la vida, sino como esta que hace parte de un ser querido, que es el, su propia inexistencia, y aun así su presencia tan innegable, pero silenciosa.
En los largos corredores laberínticos de una necropolis a veces desierta entre semana y aveces llena de seres que rebosan de vida ante, la procesión de flores, llanto, oraciones, relatos y plegarias, que parecen un festejo formal y lúgubre, se ve impaciente y tranquila a las gentes que concurren, casi como una tradición muy sagrada a visitar "a sus muertos" , como si se fuese a visitar al pariente que vive muy lejos y que solo de ves en cuando se puede ver, llegan presurosos unos a dejarles sus flores y cambiarles sus agua, a dejarles algunas oraciones y hacer el deber cumplido, mientras otros que llegan, se quedan largas horas reviviendo historias pasadas, presentes y futuras de una vida que al otro lado no logran comprender.
Esas caras y cuerpos deambulando como muertos vivientes, entre ajenos y desaparecidos, alimentando un sentimiento cada domingo, cada año en su larga procesión de besos, flores y llanto, me llamo la atención, hacia ese amor que a pesar del tiempo, de la distancia, y del mismo cuerpo físico, se mantiene, es eterno, inamovible, ese amor que traspasa la misma muerte y la trasgrede para dormir junto a ella, para ser su amiga y compañera, para no temerle y esperarla paciente mientras hablan de la vida que se fue y se queda.
Que es ese sentimiento que nos embarga al perder la ser amado, al hijo, al hermano, al padre, la madre, al amante, que es ver morir, y querer morir con ellos, sentir un dolor mas agudo que la misma muerte secándonos por dentro, enlutando nos por siempre, el alma, el corazón.....y el camino, cuando nos refugiamos en un recuerdo, en un nombre grabado bajo el mármol frió del encierro, y nos volvemos vida y muerte, dolor y alegría, y nos encarnamos en sus huesos y sentimos como se desvanece de la tierra lentamente y sin pena alguna, nos volvemos etéreos igual que ellos y volamos a ningún cielo o infierno, solo sublimamos ese amor eterno.
En los largos corredores laberínticos de una necropolis a veces desierta entre semana y aveces llena de seres que rebosan de vida ante, la procesión de flores, llanto, oraciones, relatos y plegarias, que parecen un festejo formal y lúgubre, se ve impaciente y tranquila a las gentes que concurren, casi como una tradición muy sagrada a visitar "a sus muertos" , como si se fuese a visitar al pariente que vive muy lejos y que solo de ves en cuando se puede ver, llegan presurosos unos a dejarles sus flores y cambiarles sus agua, a dejarles algunas oraciones y hacer el deber cumplido, mientras otros que llegan, se quedan largas horas reviviendo historias pasadas, presentes y futuras de una vida que al otro lado no logran comprender.
Esas caras y cuerpos deambulando como muertos vivientes, entre ajenos y desaparecidos, alimentando un sentimiento cada domingo, cada año en su larga procesión de besos, flores y llanto, me llamo la atención, hacia ese amor que a pesar del tiempo, de la distancia, y del mismo cuerpo físico, se mantiene, es eterno, inamovible, ese amor que traspasa la misma muerte y la trasgrede para dormir junto a ella, para ser su amiga y compañera, para no temerle y esperarla paciente mientras hablan de la vida que se fue y se queda.
Que es ese sentimiento que nos embarga al perder la ser amado, al hijo, al hermano, al padre, la madre, al amante, que es ver morir, y querer morir con ellos, sentir un dolor mas agudo que la misma muerte secándonos por dentro, enlutando nos por siempre, el alma, el corazón.....y el camino, cuando nos refugiamos en un recuerdo, en un nombre grabado bajo el mármol frió del encierro, y nos volvemos vida y muerte, dolor y alegría, y nos encarnamos en sus huesos y sentimos como se desvanece de la tierra lentamente y sin pena alguna, nos volvemos etéreos igual que ellos y volamos a ningún cielo o infierno, solo sublimamos ese amor eterno.
Cerrar podrá mis ojos la postrera
Sombra que me llevare el blanco día,
Y podrá desatar esta alma mía
Hora, a su afán ansioso lisonjera;
Sombra que me llevare el blanco día,
Y podrá desatar esta alma mía
Hora, a su afán ansioso lisonjera;
Más no de esotra parte en la ribera
Dejará la memoria, en donde ardía:
Nadar sabe mi llama el agua fría,
Y perder el respeto a ley severa.
Dejará la memoria, en donde ardía:
Nadar sabe mi llama el agua fría,
Y perder el respeto a ley severa.
Alma,
a quien todo un Dios prisión ha sido,
Venas, que humor a tanto fuego han dado,
Médulas, que han gloriosamente ardido,
Venas, que humor a tanto fuego han dado,
Médulas, que han gloriosamente ardido,
Su
cuerpo dejará, no su cuidado;
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
Polvo serán, mas polvo enamorado.
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
Polvo serán, mas polvo enamorado.
Zdzislaw Beksinski el artista de la muerte, el amor apocalíptico
Zdzisław Beksiński (1929 - 2005) era un pintor y fotógrafo polaco de gran renombre. Sus pinturas contenían elementos surrealistas de visión apocaliptica y de gran detalle, con paisajes llenos de cadáveres, figuras deformes o grandes desiertos. A pesar de ello el decía que eran mal interpretadas, y que tenían un elemento algo optimista y hasta humorístico. Sus exposiciones siempre fueron grandes aciertos, y es con una de ellas en Varsovia en 1964 cuando su fama se extendió a nivel mundial. En los años 80 su nombre y su obra eran reconocidos en Francia, Europa occidental, Estados Unidos y Japón. Antes de trasladarse a Varsovia en 1977, quemó una selección de sus trabajos en su propio patio trasero, sin dejar ninguna documentación de ellos. Más adelante diría que algunos de esos trabajos eran “demasiado personales”, mientras que otros eran insatisfactorios, y él no quería que la gente los viera. A finales de los 90 descubrió los ordenadores, Internet y la fotografía digital, lo cual amplió su trabajo.
Historias de amor que trascienden a la muerte
Que el amor entre dos seres se mantenga de por vida, es ya de
por sí notable, pero que siga vivo después de la muerte, es algo muy especial.
Tan especial como fueron los trágicos amores de Faon y Safo:
Safo
es una poeta que ha tenido existencia real, pues se conservan y se conocen
algunos de sus poemas. No se sabe bien quién ni cómo fuese, ni cuáles fueron
sus costumbres. La leyenda, que cuando empieza a desviarse en algún sentido no
se detiene hasta el fondo del abismo, se ha ensañado en ella y algunas
versiones la convierten en un monstruo. Sin embargo, los textos antiguos no
coinciden en tanta maldad y los autores muestran una declarada simpatía hacia
ella. Algunos aseguran que era graciosa, pequeña y morena. Y Platón, después de
alabar su belleza, la llama «la décima musa». Safo nació en la isla de Lesbos,
probablemente en Mitilene, o en Éfeso, hacia el año 612 a. de J. C. Parece que,
como poetisa, no fue de mucha riqueza temática (como tampoco lo son ahora las
mejores poetisas), pero produjo versos muy cuidados, todos de una forma
perfecta. Ha dejado su nombre a un tipo de verso, el sáfico, que es el verso
griego y latino de once sílabas, un verso de cinco pies y medio, formado de dos
troqueos (pie de dos sílabas, una larga y una breve), dos yambos (pie de dos
sílabas, una breve y una larga) y una sílaba larga final. Reunidos tres versos
sáneos y uno adónico, o sea un verso formado por un dáctilo (pie compuesto de
tres sílabas) y un espondeo (pie de dos sílabas largas), se obtiene la estrofa
inventada por esta poetisa, que es una de las más sonoras y gratas al oído. En
nuestras lenguas romances, el llamado verso sáfico es un endecasílabo con
acento en las sílabas cuarta, octava y décima, y la estrofa sáfica se compone
de tres de esos versos y uno de cinco sílabas.
En la misma ciudad de Mitilene donde vive Safo hay un muchacho llamado Faón, que es barquero y gana su dinero transportando de una a otra orilla pasajeros y mercancías. De este Faón sólo se sabe que es joven, buen mozo, fuerte, membrudo, capaz de remar de luz a luz, que tiene la piel bronceada por el sol, que las muchachas de Mitiline van a visitarle a la orilla del río y le piden que las pase a la otra orilla para confesarle después que no tienen nada que hacer allí y pedirle que las devuelva a casa. Y si entretanto consiguen que Faón las estreche entre sus brazos y les bese la boca, después lo cuentan como una proeza. Y también cuentan que el mozo barquero en una cosa se distingue de los otros hombres: en el color de los ojos, que no es el mismo todos los días, sino que cambia según el color del agua del mar. Por este prodigioso don le llaman «Faón, el de los ojos color de agua de mar».
No está muy claro en la leyenda si el atractivo de Faón empezó antes o después de la aventura que es el comienzo de esta historia de amor. Parece que tenía que haber empezado antes, si no, no habría despertado la curiosidad de los dioses.
Una mañana de sol está Faón dentro de su barca a la espera de clientes y mata el tiempo con una canción. Ve acercarse a una Ella se acerca más y le pide que la lleve a la otra orilla. Mientras viejecita cubierta de harapos y sigue cantando sin hacerle caso. Faón dispone los remos y la ayuda a subir, ella le advierte: —Conmigo tendrás ocasión de demostrar que eres tan bueno como dicen.
—¿Por qué?
—Porque no tengo dinero y no te podré pagar el precio de tu trabajo.
—Como estreno, no está mal. Pero, en fin, sube. No quiero que te mueras sin tener un motivo para bendecir a tus semejantes.
La embarca y empieza a remar. A mitad de camino entre la isla y la costa asiática, Faón, intrigado por la presencia de la viejecita, le pregunta:
—¿Tienes familia en la otra orilla?
—No.
—Pues ¿qué vas a buscar allí?
—Un hombre generoso. Y como lo acabo de encontrar en el camino, no creo que haga falta que me lleves. Puedes dar la vuelta y volver a la isla.
Faón obedece sin protestar. Y para amenizar la travesía de la vieja le canta una canción. Y nada menos que una canción de amor. A la vieja se le llenan los ojos de lágrimas.
—¿Te acuerdas de otros tiempos mejores? Si te has de entristecer, callo.
-—No, no; sigue cantando.
Faón sigue cantando y la vieja sigue dejando correr las lágrimas. Así llegan a la orilla de la isla.
—No llores, mujer. Van a creer que te he maltratado. Toma, para que te compres un vestido mejor. Es todo lo que me queda de mis ganancias de ayer.
La viejecita acepta el dinero agradecida y ofrece un tarrito al barquero.
—Éste es mi único tesoro. Tómalo, y que seas feliz. Pero no lo abras hasta que me hayas perdido de vista.
—Me haces esperar mucho.
—No.
Tiene razón la viejecita: no le hace esperar nada, pues apenas el barquero empieza a curiosear el tarrito, ella desaparece como fundida en el aire. Entonces Faón comprende que ha recibido la visita de una diosa, acaso de la misma Afrodita, que ha tomado forma humana para probarle. Y así es. La vieja es la diosa del amor que ha oído hablar de los ojos del barquero y ha querido saber si es verdad que cambian de color. Tan cierto es que basta con que un hombre sea en algo completamente distinto de los otros para que despierte la curiosidad hasta de la misma inmortal Afrodita.
Faón abre el tarrito y sólo un suave perfume se esparce a su alrededor. Pero es un perfume divino que impregna el aire alrededor del barquero. Y desde entonces todas las mujeres que se le acercan mueren de amor por él. Es el mismo de antes, nada ha cambiado en él y tiene los ojos del color del agua del mar, como los tenía antes. Pero todas las mujeres le ven de una belleza irresistible, como si la presencia del barquero les hiciera perder el sentido.
Una de las mujeres de Mitilene que adoleció de amores por el barquero fue Safo, la poetisa. Y desde entonces sus poemas cambiaron de tono y en todos ellos cantó el amor perfecto, el que une a una mujer y a un hombre como si les fundiera las almas.
Un día Safo consigue quedarse a solas en la barca con su amado. Le confiesa el amor que siente por él, y él, por la costumbre que tiene de que le hablen en forma parecida, no se siente conmovido.
—Todas las mujeres sois lo mismo.
Safo está convencida de que su amor es único, y para ella lo es. ¿Cómo se atreve el barquero a decirle que ella es lo mismo que todas las mujeres? Y es que Faón, amado siempre, tiene de todas las mujeres un concepto fácil y monótono. Su idea simple y elemental de la mujer es ésta: «La mujer ama al hombre» Y el hombre, dado que no puede satisfacer todo el amor de las mujeres, sólo tiene una salida feliz: enamorarse él. Pero ¿de quién? Éste es el eterno problema.
Safo, que por ser poetisa conoce todos los resortes de la expresión amorosa, envuelve en una tupida malla de palabras misteriosas el pobre cerebro del barquero, sin conseguir sacarle de su indiferencia. Safo es muy joven, está decidida a satisfacer a su corazón y toma una resolución heroica.
En la isla de Leucada existe un promontorio, a mucha altura sobre el mar. Según una vieja tradición, los enamorados víctimas de un amor imposible, y por lo mismo poético, que se arrojan al mar desde lo alto del promontorio y salen con vida, o son correspondidos como por arte de milagro o curan de sus dolencías de amor. Cuenta la antigua leyenda que Venus, después de la muerte de Adonis, se lanzó desde lo alto del promontorio, y, cuando salió con vida a la superficie del agua, se sintió otra vez capaz de continuar su divina misión de protectora de los enamorados.
Safo se despide de sus amigos de Lesbos y embarca hacia Leucada. Durante la travesía, calma su dolor componiendo poemas de viva voz, que se pierden en el aire. Está convencida de que, si regresa con vida, o Faón la amará o ella dejará de amarle. Si ninguna de esas dos condiciones se cumple, prefiere morir.
Parece que antes de Safo ningún mortal había salido con vida de la terrible prueba. Ella lo sabe, y a pesar de todo, y en plena juventud, sube al promontorio, canta por última vez un postrer poema de amor y se arroja al mar.
Así desaparece para siempre debajo de las olas que la esperaban embravecidas. También, según la tradición, el mar se alborotaba todas las veces que un enamorado sin remedio se lanzaba con ánimo de precipitar su destino. Y, según parece, Safo murió de veras así, ahogada en el mar, donde se arrojó sólo con una débil esperanza de salvación. Y también parece cierto que murió muy joven y que su muerte fue motivada por un desengaño de amor.
Faón, después de la muerte de Safo, desaparece de la leyenda. No se sabe ni si llegó a enterarse de la muerte de la poetisa. No se sabe nada de su vida, de sus aventuras ni de su fin. Es un personaje que la leyenda, por olvido, deja en segundo lugar. Y es una lástima, porque, después del don con que le favoreció Afrodita, podía convertirse en el héroe de algún prodigioso mito inmortal que todavía está por inventar.
En la misma ciudad de Mitilene donde vive Safo hay un muchacho llamado Faón, que es barquero y gana su dinero transportando de una a otra orilla pasajeros y mercancías. De este Faón sólo se sabe que es joven, buen mozo, fuerte, membrudo, capaz de remar de luz a luz, que tiene la piel bronceada por el sol, que las muchachas de Mitiline van a visitarle a la orilla del río y le piden que las pase a la otra orilla para confesarle después que no tienen nada que hacer allí y pedirle que las devuelva a casa. Y si entretanto consiguen que Faón las estreche entre sus brazos y les bese la boca, después lo cuentan como una proeza. Y también cuentan que el mozo barquero en una cosa se distingue de los otros hombres: en el color de los ojos, que no es el mismo todos los días, sino que cambia según el color del agua del mar. Por este prodigioso don le llaman «Faón, el de los ojos color de agua de mar».
No está muy claro en la leyenda si el atractivo de Faón empezó antes o después de la aventura que es el comienzo de esta historia de amor. Parece que tenía que haber empezado antes, si no, no habría despertado la curiosidad de los dioses.
Una mañana de sol está Faón dentro de su barca a la espera de clientes y mata el tiempo con una canción. Ve acercarse a una Ella se acerca más y le pide que la lleve a la otra orilla. Mientras viejecita cubierta de harapos y sigue cantando sin hacerle caso. Faón dispone los remos y la ayuda a subir, ella le advierte: —Conmigo tendrás ocasión de demostrar que eres tan bueno como dicen.
—¿Por qué?
—Porque no tengo dinero y no te podré pagar el precio de tu trabajo.
—Como estreno, no está mal. Pero, en fin, sube. No quiero que te mueras sin tener un motivo para bendecir a tus semejantes.
La embarca y empieza a remar. A mitad de camino entre la isla y la costa asiática, Faón, intrigado por la presencia de la viejecita, le pregunta:
—¿Tienes familia en la otra orilla?
—No.
—Pues ¿qué vas a buscar allí?
—Un hombre generoso. Y como lo acabo de encontrar en el camino, no creo que haga falta que me lleves. Puedes dar la vuelta y volver a la isla.
Faón obedece sin protestar. Y para amenizar la travesía de la vieja le canta una canción. Y nada menos que una canción de amor. A la vieja se le llenan los ojos de lágrimas.
—¿Te acuerdas de otros tiempos mejores? Si te has de entristecer, callo.
-—No, no; sigue cantando.
Faón sigue cantando y la vieja sigue dejando correr las lágrimas. Así llegan a la orilla de la isla.
—No llores, mujer. Van a creer que te he maltratado. Toma, para que te compres un vestido mejor. Es todo lo que me queda de mis ganancias de ayer.
La viejecita acepta el dinero agradecida y ofrece un tarrito al barquero.
—Éste es mi único tesoro. Tómalo, y que seas feliz. Pero no lo abras hasta que me hayas perdido de vista.
—Me haces esperar mucho.
—No.
Tiene razón la viejecita: no le hace esperar nada, pues apenas el barquero empieza a curiosear el tarrito, ella desaparece como fundida en el aire. Entonces Faón comprende que ha recibido la visita de una diosa, acaso de la misma Afrodita, que ha tomado forma humana para probarle. Y así es. La vieja es la diosa del amor que ha oído hablar de los ojos del barquero y ha querido saber si es verdad que cambian de color. Tan cierto es que basta con que un hombre sea en algo completamente distinto de los otros para que despierte la curiosidad hasta de la misma inmortal Afrodita.
Faón abre el tarrito y sólo un suave perfume se esparce a su alrededor. Pero es un perfume divino que impregna el aire alrededor del barquero. Y desde entonces todas las mujeres que se le acercan mueren de amor por él. Es el mismo de antes, nada ha cambiado en él y tiene los ojos del color del agua del mar, como los tenía antes. Pero todas las mujeres le ven de una belleza irresistible, como si la presencia del barquero les hiciera perder el sentido.
Una de las mujeres de Mitilene que adoleció de amores por el barquero fue Safo, la poetisa. Y desde entonces sus poemas cambiaron de tono y en todos ellos cantó el amor perfecto, el que une a una mujer y a un hombre como si les fundiera las almas.
Un día Safo consigue quedarse a solas en la barca con su amado. Le confiesa el amor que siente por él, y él, por la costumbre que tiene de que le hablen en forma parecida, no se siente conmovido.
—Todas las mujeres sois lo mismo.
Safo está convencida de que su amor es único, y para ella lo es. ¿Cómo se atreve el barquero a decirle que ella es lo mismo que todas las mujeres? Y es que Faón, amado siempre, tiene de todas las mujeres un concepto fácil y monótono. Su idea simple y elemental de la mujer es ésta: «La mujer ama al hombre» Y el hombre, dado que no puede satisfacer todo el amor de las mujeres, sólo tiene una salida feliz: enamorarse él. Pero ¿de quién? Éste es el eterno problema.
Safo, que por ser poetisa conoce todos los resortes de la expresión amorosa, envuelve en una tupida malla de palabras misteriosas el pobre cerebro del barquero, sin conseguir sacarle de su indiferencia. Safo es muy joven, está decidida a satisfacer a su corazón y toma una resolución heroica.
En la isla de Leucada existe un promontorio, a mucha altura sobre el mar. Según una vieja tradición, los enamorados víctimas de un amor imposible, y por lo mismo poético, que se arrojan al mar desde lo alto del promontorio y salen con vida, o son correspondidos como por arte de milagro o curan de sus dolencías de amor. Cuenta la antigua leyenda que Venus, después de la muerte de Adonis, se lanzó desde lo alto del promontorio, y, cuando salió con vida a la superficie del agua, se sintió otra vez capaz de continuar su divina misión de protectora de los enamorados.
Safo se despide de sus amigos de Lesbos y embarca hacia Leucada. Durante la travesía, calma su dolor componiendo poemas de viva voz, que se pierden en el aire. Está convencida de que, si regresa con vida, o Faón la amará o ella dejará de amarle. Si ninguna de esas dos condiciones se cumple, prefiere morir.
Parece que antes de Safo ningún mortal había salido con vida de la terrible prueba. Ella lo sabe, y a pesar de todo, y en plena juventud, sube al promontorio, canta por última vez un postrer poema de amor y se arroja al mar.
Así desaparece para siempre debajo de las olas que la esperaban embravecidas. También, según la tradición, el mar se alborotaba todas las veces que un enamorado sin remedio se lanzaba con ánimo de precipitar su destino. Y, según parece, Safo murió de veras así, ahogada en el mar, donde se arrojó sólo con una débil esperanza de salvación. Y también parece cierto que murió muy joven y que su muerte fue motivada por un desengaño de amor.
Faón, después de la muerte de Safo, desaparece de la leyenda. No se sabe ni si llegó a enterarse de la muerte de la poetisa. No se sabe nada de su vida, de sus aventuras ni de su fin. Es un personaje que la leyenda, por olvido, deja en segundo lugar. Y es una lástima, porque, después del don con que le favoreció Afrodita, podía convertirse en el héroe de algún prodigioso mito inmortal que todavía está por inventar.
lunes, 28 de mayo de 2012
DESPUÉS DE LA MUERTE....
After Death ; Sara Teasdale (1884-1933).
Ahora, mientras mis labios viven
sus palabras eternamente deben callar,
¿Pues mi alma habrá de recordar
su voz cuando este muerta?
Sin embargo, si mi alma lo recuerda
tu atención ya no sera mía, querido;
pues ya nunca entenderás el latido
de aquello que no puede oírse.
After Death ; Sara Teasdale (1884-1933).
Ahora, mientras mis labios viven
sus palabras eternamente deben callar,
¿Pues mi alma habrá de recordar
su voz cuando este muerta?
Sin embargo, si mi alma lo recuerda
tu atención ya no sera mía, querido;
pues ya nunca entenderás el latido
de aquello que no puede oírse.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)


















